Papito, yo tengo que vivir.

Papito, yo tengo que vivir.

 

 

Papito, yo tengo que vivir. 

 

María llegó a consulta un mes después de que su papá había fallecido, con solo 3 años de edad ya estaba viviendo experiencias muy fuertes en las que todas las personas de a alrededor se veían tristes pero no hablaban claro.

 

Todos la trataban diferente, como si hubieran perdido la confianza en ella. Ahora ya no le permiten hacer todo lo que antes le dejaban hacer sola, ahora la acompañan y le resuelven todo.

 

A los 3 años es difícil entender lo que sucede en el mundo de los adultos. 

 

Pero es todavía más difícil expresar lo que sucede en sus propias emociones, así que comenzó a presentar síntomas, por ejemplo, si antes lograba hacer pipí en el baño, ya no más, su ropa estaba mojada cuando menos lo esperaban, al igual que su cama.

 

Nuevamente lloraba en la puerta de la escuela y no quería desprenderse de su mamá o de su hermano,  quería que le dieran de comer en la boca o prefería no hacerlo y aunque trabajaba dentro de su salón de clases y jugaba con sus compañeritos, lloraba ante cualquier negativa. 

 

Recuerdo que el acompañamiento en el duelo de María durante las primeras dos sesiones fue el mismo, tomaba la caja de sellos de animales, las hojas de colores y estampaba una y otra vez animales en cada pedazo de papel disponible.

 

Durante la tercera sesión, el juego inició de la misma manera, sin embargo, en esta ocasión solo eligió aves  y hojas azules.

 

Después de probar un número considerable de pajaritos, tomó al pelícano, el más grande entre ellos y con una vocecita muy segura me dijo: ¨me subí a este pajarote y me llevará al cielo a ver a mi papito¨, comenzó a estampar más y más pelícanos en las hojas,  le pedí que me avisará cuando estuviera con papá. ¨Ya llegue¨, ¨¿Quieres decirle algo?, pregunté. Y con toda calma platicó con su papá diciendo cuánto lo quería y las cosas que le gustaba hacer con él, al despedirse le dijo:  ¨Papito, no te quería en el cielo, pero yo tengo que vivir, adiós¨.

 

La terapia de juego y el acompañamiento emocional a los niños pequeños está lleno de hermosas sorpresas, las emociones que conservan limpias son procesadas rápidamente y los pequeños son capaces de seguir adelante. Después de aquella conmovedora sesión vi a María en algunas otras sesiones de seguimiento, los síntomas habían desaparecido. 

 

En terapia de juego los niños no necesitan poner nombre exacto a lo que están viviendo, si no que encuentran un espacio donde pueden procesar las emociones que el día a día les genera, con ello seguir adelante y desarrollar herramientas para sostenerse en un mundo en que la educación emocional se nos dificulta tanto. Estas herramientas también se pueden desarrollar en casa.

 

Yo soy María Fernanda Campos y te invito a que juntos logremos el bienestar de nuestros niños. 

 

 

 

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